Religión, erotismo y violencia en una canción del norte México / Iván Camarena

Carlos y José

 

“Una copa de amor” tal vez no sea la canción más conocida ni la más popular dentro de la tradición de la música norteña, pero sin duda, tiene la fuerza necesaria para representar la auténtica expresión de una sensibilidad específica y de un determinado contexto histórico-social que se filtra a través de ésta. Por lo que más allá de construir rigurosamente las descripciones del tiempo y el espacio, y escapando a las supuestas intencionalidades del autor y los aspectos biográficos, lo que aquí interesa, es reflexionar literariamente sobre las posibilidades significativas de lo que la obra tiene para decirnos en sí y por sí misma, a partir de las tres nociones rectoras que ya se anuncian en el título del presente trabajo.

Una vez aclarado lo anterior, es importante señalar que la canción a la que hemos aludido y a la que nos referiremos un poco más adelante, es interpretada por Carlos y José; un dueto nuevoleonés compuesto por Carlos Tierranegra y José Rodríguez, quienes mantuvieron una longeva trayectoria artística de cuatro décadas, durante las que grabaron más de 80 discos y 24 películas mexicanas. Dentro de esta prolífica producción, es posible encontrarcanciones inolvidables que siguen vigentes en el gusto del pueblo del norte de México y el sur de Estados Unidos, como “Flor de capomo”, “El chubasco” y “Amores fingidos”.

Ahora, para desarrollar el primer tópico analítico que es la religión, basta con atender las primeras líneas de la primera estrofa de “Una copa de amor”, que dice “voy a rezarle al Cristo redentor / para que me proteja y que me ayude”. En estas palabras iniciales, se puede observar claramente que la voz cantante encarna la visión católica del mundo, desde la que es posible solicitar la protección de un salvador omnipotente a través de la soledad a la que obliga la práctica del rezo y la plegaria. Práctica que a la vez, nos remite desde tiempos inmemoriales y desde distintas culturas, a la experiencia del silencio, pero no al silencio vacío de la nada, sino a un silencio entendido como un horizonte interno de potencialidad cognitiva y afectiva, que aun careciendo de significante no carece de significado, pues en su magma convergen los distintos lenguajes con los que nombramos la realidad simbólica del mundo; realidad que por cierto, no es otra cosa que aquello que cada uno de nosotros entendemos como real. De ahí la pertinencia de rezarle al Cristo redentor.

 

 

Lo paradójico de todo esto es que la protección que la voz cantante pide, no es para sobrevivir al peligro monstruoso de un mal bien definido, sino para “soportar el fuego” de un amor que no se pudo olvidar. ¿Y qué fuego sería este?, sino el fuego memorioso y fulminante de la pasión amorosa, el fuego universal de los cuerpos que se entrelazan eróticamente en su propia lumbre para repetir en la carne el mismo incendioque viven en el alma. Lo que nos hace pensar en dos posibilidades interpretativas. Por un lado, en la clásica dicotomía que enfrenta al calor de una entrega intensa la ligereza fría del olvido, en el que esta vez el protagonista no pudo refugiarse, condenándose así a la hoguera turbia e inapagable del amor. Por otro lado, llega a mi pensamiento el juego poético de la oposición y la correspondencia por medio de las analogías, donde la inversión de los polos resuelve todo tipo de antagonismos heredados, y se vuelve verosímil encontrar un infierno bello donde antes se prometía un paraíso sin vida.

Lo que nos permite a su vez abordar el tercer propósito temático de este trabajo: la noción de la violencia, pero de una violencia particular, estrechamente relacionada con el erotismo. Esto se comprueba en la segunda estrofa de “Una copa de amor”, cuando la voz del protagonista ruega por una tortura sin compasión, pero una tortura plena “de besos y caricias”, que de seguro, son la esencia misma del embrujo que lo ha convertido en el “esclavo (…) sin condición” de esa mujer infernal que lo domina con “delicias” celestiales. Sin embargo, este sentido de la violencia erótica o de la erotización de la violencia, no acaba aquí, y se refuerza en otra estrofa en la que se escucha “arráncame de plano el corazón / y haz de mí el muñeco que tú quieres”; muñeco que sin duda nos acerca de nuevo a la falta de autodeterminación del esclavo, pero esta vez desde la ausencia de la vida, que se vuelve posible a partir de la acción previa, donde la voz cantante solicita el arranque del corazón, pero no considerado aquí como un despojo, sino como una forma pasiva de la entrega del hombre.

Finalmente, el estribillo de la canción comienza con la solicitud definitiva: “invítame una copa de tu amor / que quiero emborracharme con tus besos / y dame de tu boca la pasión / para morir de amor entre tus brazos”. Aquí, se da una hibridez más o menos velada de los tópicos anteriores, pues la copa de amor que puede ser equivalente al cáliz sagrado o al santo grial, conduce al éxtasis carnal de una embriaguez que como delirio y estado alterado de conciencia, tiene el poder de liberarnos de los solidificados esquemas habituales de nuestro pensamiento y nuestras emociones, para darnos esa extraña autonomía que nos permite despojarnos de nosotros mismos, y de las muchas ataduras terrenales que en tantas ocasiones nos impiden la simbólica posibilidad de morir por amor. Sí, esa forma de muerte que la banalidad de los tiempos modernos ha diluido. Esa otra muerte que de pronto me recordó a los últimos latidos del Cristo que se desangró en la cruz por amor a la humanidad, o incluso, a los últimos latidos de los amantes que se suicidan, precisamente para que allí donde ellos murieron, sobreviva el amor.

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